lunes, 8 de junio de 2015

La Iglesia, hoy




¿A dónde vamos? ¿Cuál será el término de todos los cambios actuales? No se trata tanto de guerras, de catástrofes atómicas o ecológicas, sino sobre todo de la revolución fuera y dentro de la Iglesia, de la apostasía, en fin, que gana pueblos enteros, antaño católicos, e incluso la Jerarquía de la Iglesia hasta su cima. Roma parece sumergida en una ceguera completa, la Roma de siempre está reducida al silencio, paralizada por la otra Roma, la Roma liberal que la ocupa. Las fuentes de la gracia y de la fe divinas se agotan y las venas de la Iglesia canalizan por todo su cuerpo el veneno mortal del naturalismo.

Es imposible comprender esta crisis profunda sin tener en cuenta el hecho central de este siglo: el segundo Concilio Vaticano. Creo que mi sentir en relación a él es bastante conocido para que pueda decir, sin rodeos, el fondo de mi pensamiento: sin rechazar en su totalidad ese concilio, pienso que es el desastre más grande de este siglo y de todos los siglos pasados desde la fundación de la Iglesia. En esto, no hago más que juzgarlo por sus frutos, utilizando el criterio que nos ha dado Nuestro Señor (Mat. 7,16). Cuando se pide al Card. Ratzinger que muestre algunos buenos frutos del Concilio, no sabe qué responder[1]; y al preguntarle un día al Card. Garrone cómo un "buen" concilio había podido producir tan malos frutos, me respondió: "¡No es el Concilio, son los medios de comunicación social!"[2]

Aquí, un poco de reflexión puede ayudar al sentido común: si la época posconciliar está dominada por la revolución en la Iglesia, ¿no es simplemente porque el Concilio mismo le dio entrada? "El Concilio es 1789 en la Iglesia", declaró el Card. Suenens[*]. "El problema del Concilio fue asimilar los valores de dos siglos de cultura liberal", dijo el Card. Ratzinger. Y explica: Pío IX, con el Syllabus, había rechazado definitivamente el mundo surgido de la Revolución al condenar esta propuesta: "El Pontífice romano puede y debe reconciliarse y acomodarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna" (Syllabus, nº 80). El Concilio, dice abiertamente Joseph Ratzinger, ha sido un "Contra-Syllabus"[3] al efectuar esta reconciliación de la Iglesia con el liberalismo, particularmente por medio de la Gaudium et Spes, el más largo documento conciliar. Así se deja la impresión de que los Papas del siglo XIX no supieron discernir en la Revolución de 1789 la parte de verdad cristiana asimilable por la Iglesia.

¡Una afirmación así es absolutamente dramática, sobre todo en la boca de representantes del magisterio de la Iglesia! De hecho y esencialmente ¿qué fue la Revolución de 1789? Fue el naturalismo y el subjetivismo del protestantismo, traducidos en normas jurídicas e impuestas a una sociedad todavía católica. De allí, la proclamación de los derechos del hombre sin Dios; de allí, la exaltación de la subjetividad de cada uno, a expensas de la verdad objetiva; de allí, el poner en el mismo nivel todas las creencias religiosas ante el Derecho; de allí, en fin, la organización de la sociedad sin Dios y sin Nuestro Señor Jesucristo. Una sola palabra designa esta teoría monstruosa: liberalismo.

Por desgracia, allí tocamos verdaderamente el "misterio de iniquidad" (II Tes. 2, 7). Después de la Revolución, el Demonio suscitó dentro de la Iglesia hombres llenos del espíritu de orgullo y de novedad, presentándose como reformadores inspirados que, soñando reconciliar la Iglesia con el liberalismo, intentaron realizar una unión adúltera entre la Iglesia y los principios de la Revolución. Ahora bien ¿cómo conciliar a Nuestro Señor Jesucristo con un enjambre de errores que se oponen tan diametralmente a su gracia, a su verdad, a su divinidad y a su realeza universal? No, los papas no se equivocaron cuando, apoyados en la tradición y asistidos por eso mismo por el Espíritu Santo, condenaron con su autoridad suprema, y con una continuidad notable, la gran traición católica liberal [...]

Ciertamente, ¡vivir en un tiempo de apostasía no tiene en sí nada de agradable! Pensemos, sin embargo, que todos los tiempos y todos los siglos pertenecen a Nuestro Señor Jesucristo: "Ipsius sunt tempora et saecula", nos hace decir la liturgia pascual. Este siglo de apostasía, sin duda de manera distinta a los siglos de fe, [también] pertenece a Jesucristo.

Por una parte, la apostasía de la mayoría pone de manifiesto la fidelidad heroica del pequeño número. Así era en los tiempos del profeta Elías en Israel, cuando sólo siete mil hombres preservados por Dios se negaron a doblar su rodilla ante Baal[zebub] (III Rey. 19, 18). No doblemos pues la rodilla ante el ídolo del "culto del hombre"[4], "establecido en el santuario y residiendo como si él fuera Dios" (II Tes. 2, 4). ¡Sigamos siendo católicos, adoradores del único Verdadero Dios, Nuestro Señor Jesucristo, con el Padre y el Espíritu Santo!

Por otra parte, como testimonia la historia de la Iglesia, toda edad de crisis prepara una edad de fe y, en la fidelidad a la tradición, una renovación verdadera. A todos vosotros os toca contribuir, queridos lectores, recibiendo humildemente lo que la Iglesia nos ha transmitido, hasta la víspera del Vaticano II, por la boca de los papas, y que yo os transmito a mi vez. Es esta enseñanza constante de la Iglesia que he recibido sin restricción, la que os comunico sin reserva: "qua sine fictione dedici, sine invidia communico" (Sab. 7, 13).

Mons. Marcel Lefebvre: Le destronaron. Introducción, en Obras completas, Tomo I, pp. 13-16, Mexico DF: Voz en el desierto, 2002

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[1] Joseph Ratzinger: Informe sobre la Fe, Madrid: BAC, 1985, pp. 45-48.
[2] Entrevista personal sostenida en Roma el lunes 13 de enero de 1975.
[*] Mons. Lefebvre escribió el texto en 1986. Suenens murió en 1996. Jamás lo desmintió.
[3] Josef Ratzinger: Teoría de los principios teológicos, Barcelona: Herder, 1985, pp. 457-458.
[4] Pablo VI, Homilía de clausura de la IV Etapa del Concilio Vaticano II: "La Iglesia [sale] al encuentro del hombre", martes 7-XII-1965, AAS 58 (1966), pp. 55-57.

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